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Migración y la Prosperidad Prosperidad de las Naciones JUAN CARLOS LOERA DE LA ROSA

-31 de Octubre de 2022

 

Por Juan Carlos Loera.- La migración internacional, ahora como en el siglo XIX, ha llegado para transformar radicalmente la vida de las comunidades; con una diferencia: quienes migran, hoy, se enfrentan a una ideología antinmigrante que parece representar una valla, más elevada e impenetrable que el impopular Muro de Berlín, que paradójicamente se construyera para evitar la salida de personas del Berlín oriental comunista.
Pero la verdad es que este miedo, casi terror a la migración, carece de fundamento y para sustentar esta idea hagamos un poco de historia.

Efectivamente, la revolución industrial y en las comunicaciones ocurrida en el XIX, generaron la demanda de trabajo y los medios de transporte marítimos y terrestres para posibilitar la emergencia de corrientes de migrantes integradas por millones de personas atraídas por las oportunidades que se abrían, a ritmo vertiginoso, en Estados Unidos, Brasil y Argentina y en menor medida en países como México, Perú Chile y otros muchos más del Caribe y América del Sur.

Sobre los inmensos beneficios y el gran impacto de estos flujos nadie tuvo mayor duda: Estados Unidos representó la mayor y mejor experiencia. Siendo un país con apenas seis millones de habitantes a principios de ese siglo, inició el estruendoso siglo XX con cerca de 80 millones, de los que la mayoría eran inmigrantes recientes, de primera, segunda o tercera generación.

La magnitud de su asombroso desarrollo y prosperidad no puede comprenderse sin la contribución de quienes llegaron de otras tierras.
Sin embargo, ya a finales del XIX, la política migratoria de Estados Unidos de Norteamérica empezó a cambiar, tornándose más selectiva y un tanto oportunista, de modo que en las primeras dos décadas del siglo el Gobierno pasó a definir cuotas por países y medidas de protección de sus fronteras que se transformaron en instrumentos de control que durante más de un siglo han sido practicadas para obtener el máximo beneficio de esta estrategia, que no tiene más propósito que servir a los intereses de los empresarios y gobierno de Norteamérica.

A propósito de esta política, doble cara e hipócrita, de Norteamérica Jorge Bustamante, quien fundara el Colegio de la Frontera a principios de los años ochenta del siglo pasado, nos obsequió un ensayo clásico y luminoso sobre la estrategia pendular y altamente discriminatoria de la política migratoria de los Estados Unidos en materia migratoria.
En ese texto mostró que hasta mediados de los años setenta nunca hubo una sola vara para definir los criterios y orientación de la gestión de sus fronteras.

Según las experiencias que relataba, cuando las crisis económicas se traducían en desempleo y pobreza, las puertas y ventanas de sus litorales y fronteras se corrían para dificultar el acceso de los inmigrantes; pero sin cerrarse del todo, se mantenían rendijas y resquicios, para en medio de los controles, permitir y favorecer la entrada de aquellos inmigrantes que hacían aportes especiales al desarrollo del país.

Lo contrario ocurría, cuando una ola de prosperidad asomaba en el horizonte: los controles se flexibilizaban, algunas veces formalmente, pero la mayoría de las ocasiones con una doblez que se acercaba al cinismo, se abría la puerta a la inmigración ilegal para cubrir las vacantes de aquellas puestos y empleos que sus ciudadanos no querían ocupar.

Esta práctica fue muy exitosa para el desarrollo americano hasta mediados de los sesenta, pero empezó a ser menos funcional, cuando justo en esos años se implantó la llamada "nueva división internacional del trabajo" que determinó una movilidad internacional de los capitales norteamericanos y de todas las países, que hizo más complicada, tanto la gestión de las economías nacionales, como la de los flujos de trabajo calificado y no calificado, que proveían una válvula de escape para apaciguar las crisis e impulsar los períodos de prosperidad.

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