Dollar
Compra   $ 18.75
Venta   $ 18.90
Director: Manuel Cabrera, Gerente: Laura Carmona. Hoy es Miércoles 19 de Febrero del 2020 Ciudad Juárez, Chih. MX  
 Buscar 
 
 
Al Ladrón, Al Ladrón por Félix Cortés Camarillo Al Ladrón, Al Ladrón por Félix Cortés Camarillo
Si no fuera por los pocos
que haciéndose los locos
apuntalan tu dignidad
fingiendo que no se enteran
te dejan que les quites la cartera..
Joaquín Sabina, Al Ladrón, Al Ladrón

El otro día una runfla de delincuentes disfrazados de mujeres encapuchadas, pintarrajeó las puertas de Palacio Nacional y sus muros, cosa que molestó notablemente al señor presidente López, quien reclamó el acto vandálico repitiendo la cantaleta de que ellos los de ahora ya no son como los de antes y que su gobierno condena los feminicidios y que iba a tomar severas medidas; claro que antes les había arengado a los de la Guardia Nacional que los delincuentes eran seres humanos a los que había de respetarles sus derechos.

El Presidente, ya solo la realidad Joaquín López-Dóriga El Presidente, ya solo la realidad Joaquín López-Dóriga
Andrés Manuel López Obrador es el presidente más poderoso que he visto en más de medio siglo de reportero. Ninguno como él. Ni Luis Echeverría en su momento

Rosario Piedra se descalifica Carlos Marín Rosario Piedra se descalifica Carlos Marín
Las escuetas preguntas de Fernando del Collado y las escuetas respuestas de Rosario Piedra Ibarra delinean el deprimente retrato de la inexplicable presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos

Fátima y la impunidad Carlos Puig Fátima y la impunidad Carlos Puig
Aquí estamos. Dos casos de horror en Ciudad de México han encendido la indignación y la movilización.

Frentes Políticos 1. #JusticiaParaFátima. Frentes Políticos 1.   #JusticiaParaFátima.
El deleznable secuestro y asesinato de la niña Fátima Cecilia Aldriguett Antón, de sólo siete años, ha generado indignación en todo el país. Es necesario que autoridades

Hostilidad contra el INE Pepe Grillo  Hostilidad contra el INE  Pepe Grillo
El INE siente lo duro y también lo tupido. El presidente del Consejo General, Lorenzo Córdova, lo dijo de manera contundente, inequívoca: “Nunca antes habíamos enfrentado un ambiente tan hostil contra el INE como ahora”.

El Diario ´Hoy fue mi hija, mañana puede ser la de ustedes´: mamá de Fátima exige justicia El Diario  ´Hoy fue mi hija, mañana puede ser la de ustedes´: mamá de Fátima exige justicia
La jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum Pardo arribó este lunes hasta las instalaciones del INCIFO para reunirse con la fiscal general de justicia de la Ciudad de México, Ernestina Godoy y el presidente del Tribunal de Justicia local (TSJ),

Inventan en Juárez escaleras camufladas para “burlar” el muro de Trump Inventan en Juárez escaleras camufladas para “burlar” el muro de Trump
Traficantes de droga y personas, adaptan nuevas formas de ‘cruce’ para burlar a las autoridades de Estados Unidos, utilizando el mismo material del muro fronterizo para elaborar escaleras camufladas y ‘puentear’ la migración entre Juárez y El Paso.

--Relevo en el Poder Judicial --Gris, Bienestar en Centro-Sur --Esperan que reviva el PES  --Relevo en el Poder Judicial --Gris, Bienestar en Centro-Sur --Esperan que reviva el PES
A media semana se supo del relevo en el área de Comunicación Social del Poder Judicial, donde salió la periodista Rosalba Salcido y en su lugar entró Israel Hernández,

Un rinconcito hoy de Cristo para ti: Y no seas incrédulo, sino creyente Un rinconcito hoy de Cristo para ti: Y no seas incrédulo, sino creyente
¿Ya te ha pasado que quieres creer pero no puedes?, si, hablo de esos momentos en los cuales lo único que te queda es creer en lo que Dios puede hacer, pero por alguna extraña razón nuestra mente se rehúsa a creer de que eso puede ser cumplido.







Red Privada / « La muerte del delfín por Mario Vargas Llosa»
    Fecha: 06 de Agosto del 2018 | Reportero(a) Manuel Cabrera

    Imprimir Enviar a un Amigo

*.. premio nobel de literatura
La muerte del delfín por Mario Vargas Llosa
La muerte del delfín por Mario Vargas Llosa

 

Vaya año terrible: primero fue Fernando de Szyszlo, luego Luis Loayza, ahora Abelardo Oquendo. Me dicen que, desde que se le declaró el cáncer, se negó a ser operado y tratado y que esperó la muerte con gran coraje y dignidad. Traté de hablar con él varias veces y nunca lo conseguí. Me voy quedando sin los amigos que dieron vida y ánimos y buenas lecturas y enseñanzas a mi juventud.

Conocí a Abelardo en el año 1956. Acababa de casarme por primera vez y andaba buscando trabajitos que me permitieran sobrevivir, sin renunciar a la Universidad. Conseguí siete, y el séptimo gracias a él, que trabajaba entonces en el Suplemento Cultural de El Comercio, que salía los domingos: me encargó una entrevista semanal a todos los escritores peruanos sobre sus métodos de trabajo, sus ideas literarias y sus proyectos. Todos pasaron por aquel tamiz, desde el venerable López Albújar hasta José María Arguedas, que me hizo rehacer una y otra vez el texto hasta el instante mismo de mandarlo al linotipista.

Con Abelardo y Lucho Loayza formamos un trío irrompible. Nos veíamos a diario, para tomar un rápido cafecito en el Bransa de La Colmena y para saber que estábamos vivos y nos necesitábamos, y para discutir sobre si Sartre o Borges era el gran maestro. Yo sostenía que el primero, Lucho, que el segundo, y Abelardo mantenía una cierta neutralidad. Su maestro, Luis Jaime Cisneros, lo había tenido un año fichando las Tradiciones Peruanas para una tesis doctoral que iba a llamarse Los paremios en Ricardo Palma, algo que lo había disgustado de la filología y, casi casi, de la literatura (no era para menos). Pero ésta se hallaba tan arraigada ya en él que, aunque nunca llegó a escribir los libros que creíamos, siempre la practicó, de esa manera discreta que convenía a su personalidad, en forma de notitas, reseñas, columnas anónimas, consejos verbales y cartas que algún día, espero, alguien recopilará: será entonces leído y reverenciado como el maestro secreto que fue.

¿Cuántas promesas se quedaron en embrión en Perú y América Latina por derrotismo psicológico?

Apenas recuerdo por qué Lucho y yo lo llamábamos el Delfín. Tal vez porque nos deslumbraba cuando explicaba la poesía de los clásicos, por ejemplo los más intrincados poemas de Góngora, y sabía distinguir con gusto infalible la originalidad de la impostura, detectar el talento genuino entre los mares de textos que ya entonces le llevaban los poetas jóvenes en busca de orientación. Estábamos seguros de que más pronto que tarde escribiría esos ensayos que, como los de Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña que leíamos con pasión, serían bellos, sabios e inconfundibles. Pero nunca los escribió y ese es un gran misterio que ya no tengo manera de resolver. Recuerdo que en uno de mis viajes a Lima me dijo que tenía un proyecto en marcha: escribir unos ensayos sobre una serie de poetas peruanos. Pero sólo escribió el primero, uno magnífico, consagrado a Javier Sologuren. ¿Qué lo desanimó? Tal vez el deseo de la absoluta perfección inalcanzable, tal vez esa sensación de para qué, de es por gusto, no tiene sentido en un medio tan poco estimulante como el de Lima extenuarse tratando de escribir obras maestras. ¿Cuántas promesas se quedaron en embrión en la historia del Perú, de América Latina, por ese derrotismo psicológico que la pobreza intelectual y literaria del medio expande en torno, paralizando a los mejores?

Por eso queríamos partir. Vallejo sin París no hubiera sido Vallejo, y hubiera terminado tal vez como Martín Adán, al que, cuando salía del manicomio a tomarse unos traguitos, íbamos a espiar religiosamente al Bar Cordano. Hacíamos sesiones de espiritismo, jugábamos a quién se reía primero (yo solía ganarles imitando al pato, raneando y chillando: “¡Soy el pájaro-mitra!, ¡cua cua!”), pero, sobre todo, planeábamos el viaje a Europa, con gran detalle. Iríamos allá y nos reuniríamos en ese dodecasílabo: ¡Montecarlo, Principado de Mónaco! Se convirtió en un estribillo al que acudíamos para levantarnos el ánimo y combatir la desmoralización limeña, esos días sin cielo, grises y con garúa. Pero sólo Lucho y yo partimos, porque Pupi, la mujer de Abelardo, quedó embarazada por segunda vez y con dos hijos la aventura europea resultaba ya muy arriesgada.

La correspondencia suplió la presencia, por muchos años. Sin las cartas de Lucho y de Abelardo, esas cartas estimulantes, alentadoras, queridísimas, probablemente yo no hubiera terminado nunca mi primera novela, La ciudad y los perros, que escribía y reescribía sin cesar, mientras hacía el doctorado en la Complutense de Madrid, y luego, en París, mientras traducía artículos para la UNESCO y la France Presse, preparaba programas para la Radio-Televisión Francesa y ponía voz en español a Les Actualités Françaises. Cuando vivía en Lima sólo soñaba con París, pero, en París, me hacían falta Lima y el Perú, y Abelardo atenuaba esa nostalgia con sus cartas semanales. Con el tiempo, aquellos intercambios fueron disminuyendo, alargándose, hasta desaparecer. Pero, cada vez que yo regresaba al Perú nos veíamos, almorzábamos un arroz con pato, recordábamos los viejos tiempos y actualizábamos los chismes, siempre secundados por otro escribidor, Alonso Cueto. Era grato sentir que la amistad estaba allí, intacta.

La idea de morir no me espanta, pero la muerte de las personas próximas, queridas, me estremece

Fue Loayza, una tarde, en su casa de París, quien me dijo que Abelardo tenía cáncer. La idea de morir yo mismo nunca me ha espantado; pero, en cambio, la de la muerte de las personas próximas, queridas, siempre me estremece, desde que murieron mis abuelos, el tío Lucho, las personas que me ayudaron a ser lo que tanto quería: un escritor. Lo llamé por teléfono y, por supuesto, hizo unas bromas al respecto, unas bromas muy serias, distanciadoras del drama, quitándole importancia, como correspondía a esa elegancia y distinción que Abelardo practicó en todas las circunstancias de la vida.

Cuando Alonso Cueto me iba informando de la entereza con que Abelardo sobrellevaba esa última etapa me lo imaginaba muy bien. Todos los que lo conocimos supimos siempre que nunca incurriría en la vulgaridad de quejarse, protestar, lamentarse de su suerte. Había en él un respeto de las formas y las maneras que lo alejaban de la época, que prolongaban en él a aquellos caballeros dignos y decentes, correctos y formales, que ya sólo existen en la literatura, esos que aceptan la muerte con naturalidad y sin vulgares aspavientos. Así agonizó y murió Cartucho Miró Quesada, otro de los grandes amigos que he tenido, ejemplo de caballerosidad y limpieza moral hasta el último instante. Saber morir no es menos importante que saber vivir. Me acuerdo de una terrible película que vi en mi juventud, una en la que un cura convence al gánster James Cagney de que, para dar un ejemplo de cobardía e indecencia a los jóvenes, simule acobardarse antes de ser electrocutado, y llore y se retuerza y ruegue, en vez de morir en su ley, valientemente. Me pareció atroz que James Cagney consintiera a esa farsa, que se desnaturalizara de este modo en el último instante, en vez de morir en su ley, con el desprecio con el que había desafiado la muerte a lo largo de toda su vida. Anoche, cuando hablé con ella por última vez, Claudia, su hija, me confirmó lo que ya sabía: que Abelardo había muerto muy sereno, conversando sin drama, antes de ser sedado.

Adiós, amigo.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2018.

© Mario Vargas Llosa, 2018.



https://elpais.com/elpais/2018/08/03/opinion/1533297208_741389.html

 

  » Escriba su comentario de esta nota
Su Nombre:
 
Su eMail:
 
Su Pagina Web:
 
Su Comentario:
 
Código
Verificador:

(Repita el código porfavor)
 
 


 
 
 



Todos los Derechos Reservados EnLaGrilla.com Patrimonio de la humanidad 2009

Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido de esta página sin necesidad del consentimiento del autor.


Desarrollado por BACKEND Diseños Web