El próximo 27 de febrero un juez estadunidense decidirá si el
político y economista merece inmunidad ante la demanda civil que contra
él pusieron nueve sobrevivientes de la matanza de Acteal. Así, Alvin W.
Thompson, dedicado a litigios financieros, podría con su fallo poner por
primera vez en la historia reciente a un presidente mexicano en el
banquillo de los acusados.
En la mira. Enero de 2012. Foto: Nacho Gallego | EFE
El 27 de febrero es el límite para que el juez Alvin W. Thompson tome
la decisión que impactará para siempre en la vida del ex presidente
Ernesto Zedillo y que se convertirá en la noticia más importante del
primer trimestre en México.
Antes de esa fecha, el juez Thompson, jefe de la Corte Federal en el
Distrito de Connecticut, dirá si Ernesto Zedillo merece inmunidad ante
la demanda civil que contra él han puesto nueve sobrevivientes de la
matanza de Acteal en diciembre de 1997, cuando Zedillo era presidente.
Los demandantes piden 50 millones de dólares de compensación económica
de parte del ex mandatario, al que acusan de haber sido responsable de
aquellos sucesos.
Thompson nació hace 58 años en Baltimore, Maryland. Cursó la
Universidad en Princeton y leyes en Yale. Fue designado juez en 1994 por
Bill Clinton. Dice la página de la Corte que le gusta arrancar sus
juicios antes de las 10 de la mañana y seguirse hasta las cuatro de la
tarde. Prefiere programar cuatro días a la semana de juicio y dejar los
viernes para sentencias y otros asuntos de la Corte. En juicios civiles
le gusta tener jurados pequeños, entre seis y ocho jurados.
Los expertos con los que he hablado en la semana me dicen que si
fuera un juicio penal no tienen duda en que el juez concedería la
inmunidad. Pero esta es una demanda civil. Los chiapanecos no piden que
Zedillo vaya a la cárcel. Sólo que les pague una lana. ¿Por qué eso
sería asunto de seguridad nacional para Estados Unidos?
Así que el juez Thompson, que ha dedicado la mayor parte de su vida a
litigios de negocios, financieros, disputas comerciales, podría con su
fallo poner por primera vez en la historia reciente a un presidente
mexicano en el banquillo de los acusados.
El mismo día del fallo, daría ordenes para comenzar la selección del jurado, y tan pronto como una semana después, en la suite 240
del Edificio Federal Abraham Ribicoff (ubicado en el 450 de Main Street
de Hartford, en Connecticut), frente a Thompson estarán los indígenas
chiapanecos, sus abogados, el ex presidente de México, sus defensores,
los jurados y, seguramente, más periodistas mexicanos que los que caben
en cualquiera de las salas de esas instalaciones.
Dice la página de la Corte que al juez Thompson no le encantan los
discursos de apertura de las partes y que prefiere ir directo a la
presentación del caso.
Ahí, los abogados que presentaron la demanda, seguramente la voz
cantante la llevará Matthew Dallas Gordon por estar acreditado en el
estado de Connecticut, comenzarán a exponer con testimonios, documentos,
fotografías, videos y audios lo que ellos consideran es evidencia
suficiente para demostrar la responsabilidad de Ernesto Zedillo en —dice
la demanda— los siguientes agravios contra sus clientes:
Asesinato extrajudicial, varios intentos de asesinatos extrajudicial,
varios intentos de asesinato extrajudicial causando lesiones, trato
inhumano, cruel o degradante con castigo; uso del terror y la violencia
para impedir la libertad de asociación; uso del terror y la violencia
para impedir la libertad de pensamiento y el establecimiento de una
franquicia política, y crímenes contra la humanidad.
Nos hablarán de un memorando supuestamente secreto en donde la
comunidad financiera le pidió a Zedillo “mostrar valor acabando con el
problema chiapaneco”.
Y, sobre todo, nos hablarán de una declaración ministerial de Emilio
Chuayffet contenida en el informe de la fiscalía especial que investigó
lo sucedido en Acteal. Declaración de diciembre de 2008 en la que
Chuayffet confirma que él entregó en mano al presidente una carta del
obispo Vera en que alertaba de la situación de Acteal y, cómo según él,
Zedillo no le dijo que hiciera nada. También insistirán en que Chuayffet
declaró que le avisó el día de la matanza a Zedillo qué estaba
sucediendo, y el presidente no le dio ninguna indicación, porque estaba
ocupado grabando su mensaje navideño a los mexicanos. Después los
abogados no tendrán más que recurrir a lo que ya dijo la Suprema Corte
de Justicia de la Nación de la primera investigación de la procuraduría
de Zedillo —mentiras, simulaciones, fabricaciones— para argumentar que
todo eso fue hecho a propósito, por órdenes del ex presidente, para
ocultar su verdadera responsabilidad en los hechos.
Los juicios frente a un jurado son eventos teatrales, narrativas que
intentan emocionar. Así se ganan y pierden juicios. No buscan la verdad.
A veces encuentran la justicia.
Imagine, pues, querido lector, a un puñado de hombres y mujeres del
muy liberal, bastante blanco, Hartford en Connecticut, frente a esa
narrativa. Mirando a un ex presidente y a unos indígenas. Viendo las
fotos de aquellos días. Los videos. Las víctimas pidiendo, apenas, unos
millones por el agravio. Mirarán a un hombre que no pudo atender una
masacre porque grababa para la televisión.
Zedillo no quiere estar ahí.
Y todo está en manos del juez Alvin W. Thompson.
Twitter: @puigcarlos