Empieza hoy la cuesta de enero de las elecciones presidenciales
de México, las más importantes diría yo que habrá este año en el mundo
hispánico.
Diría también que los electores mexicanos más exigentes están de mal
humor, inconformes con las opciones que les depara el futuro.
En los años 70 del siglo pasado, el folclórico y caciquil gobernador
de Guerrero Rubén Figueroa definió rancheramente a los aspirantes
presidenciales diciendo que la caballada estaba flaca.
La expresión hizo historia. En cierto modo describió una rasgo
arquetípico de la carrera presidencial mexicana: aquí la caballada
siempre está flaca. Y siempre gana uno de los que parecen flacos para el
puesto.
Las debilidades de la caballada de 2012 son visibles. La indefensión
discursiva del candidato del PRI es escandalosa. El desprestigio
acumulado del candidato de la izquierda es monumental. La debilidad de
las posibles candidaturas del PAN es desarmante.
El conjunto quita el habla. Quien no tiene candidato asumido, encuentra poco o nada que provoque su entusiasmo.
Es interesante la propuesta de abrir Pemex a la inversión privada
hecha por el candidato del PRI. Es interesante que el candidato de la
izquierda trate de abandonar su rijosidad crónica. Es interesante que en
el PAN haya unas elecciones internas para definir a su candidato, esas
elecciones primarias que todo partido digno de tal nombre debería tener y
que no han tenido ni el PRI ni la izquierda.
Se diría que la democracia igualó a la baja la calidad de las ofertas
y de las candidaturas políticas. Quizá simplemente acercó la distancia
entre candidatos y votantes, entre dirigentes y dirigidos.
Si la caballada está flaca, será porque la sociedad es flaca también.
Los ciudadanos que se sienten robustos y musculosos, tampoco han de
serlo tanto donde no han generado los candidatos atléticos que añoran.
Los ciudadanos sin partido tomado, sea por escepticismo o por apatía,
los neuróticos inconformes o los lejanos indiferentes, son hoy una
tercera parte de los votantes.
Son ellos, sin embargo, los votantes indecisos, los que decidirán
este año quién gana las elecciones más importantes del mundo hispánico.
Previsiblemente, elegirán no al que les parezca mejor, sino la que
les parezca menos malo, no al candidato de sus sueños, sino al candidato
que no les da pesadillas.
Mañana, un apunte sobre las pesadillas.